Por primera vez, y después de tantos años, ella le pudo sostener la mirada y, sin sonrojarse, le lanzó una sonrisa pícara y llena de gracia; era como si por fin hubiese entendido que su destino era partir con él ahora que ya sobrepasaba la pubertad del tiempo. Sin temores y carente de toda moralidad se lanzó sobre su cuerpo adormecido y le arrancó el corazón… “Al final de una vida” Tulio Zuloaga Pérez

domingo, septiembre 03, 2006

SOY ANA, Y ESTOY MUERTA...

Por: Tulio Zuloaga Pérez

Soy Ana,
y estoy muerta.
Por mi vida han pasado tantos infortunios que ahora un torrente desaforado de pensamientos me atrapa noche tras noche y no me deja respirar. A veces amanezco sudada, con dolor de garganta y aliento de ratón; a veces abro los ojos y me ruborizo al tocarme entre las piernas y sentir ese líquido pegajoso que encierra mis pasiones inconclusas. Nunca logro acordarme de los sueños. Si me fuera posible, desenredaría de seguro tanto sufrimiento que esconde mi inconsciente y me amarra a esta angustia deforme e interminable. ¿Qué es lo que tengo por dentro?, ¿acaso estoy posesa?, ¿o es que simplemente nací maldita como todos en mi familia? Año tras año tuve que soportar las locuras de mi madre, la ausencia de mi padre y por último, la pérdida de mi hermano menor, todos locos, todos insanos terminaron sus días. Y yo pensé que me iba a salvar, yo siempre fui la “cuerda” y ahora una “cuerda” me rodea el cuello. Así es, ¡soy Ana y estoy muerta!, o lo voy a estar cuando decida saltar del banco que me sostiene entre el suelo y el techo y que no permite que aún, esta voraz horca satisfaga su sed de muerte. Antes de subirme al pequeño pedestal de madera, tiré mi ropa a la chimenea, como para llevarme una idea psicológica de cómo me vería al momento de ser cremada. Luego me sostuve de pié por algunas horas frente al espejo grande del comedor, completamente desnuda.

Un hermoso exterior, es lo único que tengo, al menos, siempre lo creí así. ¡Que desperdicio de humanidad! Sabiendo lo que iba a hacerme mas luego, no atinaba a imaginar este cuerpo sin vida, pero tampoco, y debido a las múltiples y pésimas situaciones externas, no atinaba tampoco a verme más con vida. No era grande el dilema, en la balanza de mi alma, la muerte pesaba más. Yo debía desaparecer. Recorrí los pasillos de la casa, lento, como un fantasma, más allá que acá, quería encontrar alguna cosa que me regalara un buen recuerdo, así fuera el más ínfimo, algo que me salvara de morir con tanto vacío, porque la vida ya no me la salvaría nada. Me preocupaba más partir sin nada que llevar. Que vida tan inocua. Que desperdicio de tiempo. Dios hubiera premiado a alguien más con mi existencia. Si yo no hubiera sido yo, sino alguien más, tal vez ese alguien si hubiera sabido manejar la situación.

Nada bueno, todo me llevaba a recuerdos vergonzosos. A donde miraba descubría cosas de mis padres, de los años sucios que vivimos desde que nací.

Al fondo del pasillo que llevaba a las alcobas estaba aún el gigantesco diván, ¡como aborrezco el maldito diván!, allí tuve que pasar muchas horas encerrada con mi hermanito Manuel porque mi dulcísima madre no encontraba castigo mejor que lapidarnos allí por largas horas, sin comida y sin poder ir al baño. Muchas veces Manuel y yo nos orinamos encima. Recuerdo la tarde del 2 de Abril de hace 20 años, ¡ya no sé ni por qué nos encerró! Nos quedamos en el estomago del diván por 2 días completos, sin nada que comer, sin agua, con las heces pegadas a nuestros interiores. A ella se le olvidó, y como Manuel y yo habíamos aprendido a no hacer bulla, ni cuenta se dio. Igual, cada noche mi madre daba a luz en su imaginación. Para ese entonces ya había parido a 218 bebes imaginarios. Todas las mañanas nos llamaba feliz para anunciarnos que teníamos otro hermano y preciso 2 horas después se le olvidaba; pero a nosotros no. En esa ocasión parecía que su locura había cambiado, porque no parió durante la noche y por ende no nos llamó en la mañana y por eso nos quedamos allí tanto tiempo. De repente simplemente abrió la puerta y nos dio de golpes por puercos, no entendía el por qué estábamos cagados y sucios si en su cabeza solo habían pasado unas horas desde nuestro encierro. Parecía no haberse dado cuenta de que habían transcurrido 2 días. Ella estaba igual que cuando nos encerró; peinada igual, con la misma ropa; lucía como si su mente simplemente le hubiera alargado el tiempo y hubiera pasado esas 40 y pico de horas trabajando en la casa. Ese día descubrí que la situación se hacía peligrosa, en especial para el pequeño Manuel que apenas acababa de cumplir los 3 años. Tal vez esa fue la única vez que extrañé a mi padre; pero él estaba de viaje y no llegaba sino hasta el fin de la semana. Le dije a mi hermanito que teníamos que esforzarnos, que no podíamos dejarnos castigar de nuevo, porque con esta nueva situación de la cabeza de mamá las cosas se nos podían poner feas dentro del diván.

Quité mis ojos de él y me eché atrás, inconcientemente, tenía temor de que el diván me pudiera tragar. Me escondí tras la puerta del primer cuarto que tenía al paso. Hacía años que no entraba allí, al cuarto del pequeño Manuel, tan sobrio para un niño de su edad. Aquí pasaba encerrado todo el tiempo mirando por la ventana hacia el jardín trasero, por eso es que cuando pienso en él, lo veo como un ave atrapada mirando hacia el cielo, mi pequeño hermanito, la única gota de agua fresca en mi vida. Hasta que me lo quitaron. Ni siquiera de él puedo tener un buen recuerdo. A veces creo que no estaba loco, más bien se hacía, era su arma para protegerse del extraño mundo que nos tocó vivir. Eso pensaba yo, hasta cuando se lo llevaron amarrado como un animal pues por poco y mata a una profesora de la escuela con un bisturí en la clase de biología. La maestra dijo que abrieran al sapo y Manuel le propinó un tajo en la mano derecha. Según lo que dijo, “quería que aquella despiadada mujer sintiera por un momento lo que podría sentir el sapo”. “Si ella aguantaba sin rezongar, él abriría el animal”; pero lo que abrió fueron las puertas del hospital mental, a donde lo llevaron después de sacarlo de casa como un loco criminal. Se fue sin decir nada, amarrado de cuerpo y alma. Yo siempre creí que lo había hecho a propósito para escapar de aquel lugar. Jamás me permitieron visitarlo y durante mucho tiempo yo ocupé su lugar en la ventana, como para no defraudarlo. Me sentaba allí, al igual que él, y pasaba largas horas mirando hacia el jardín. Una tarde llegaron del hospital y yo corrí a al puerta a recibir a mi hermanito; pero a cambio, uno de los funcionarios del sanatorio traía un acta de defunción. Allí, en ese papel se hallaba Manuel. Mi madre empezó a dar gritos, la verdad no entendí muy bien, de hecho, desde que el pequeño había sido internado, nunca vi que nadie en casa lo extrañara. Algo le explicaron. Todo había sido un terrible descuido, que en una de las visitas rutinarias, al doctor se le había olvidado su maletín y que, aunque no contenía nada peligroso, fue aprovechado por el pequeño insano, quien encontró una pluma en el interior, y con ella se hizo un dique en la vena aorta. Para cuando el médico se dio cuenta, ya habían pasado 20 minutos. Al regresar al cuarto de Manuel lo encontraron hundido en su propia sangre y con la pluma enterrada en un lado del cuello. El ave de 12 años había por fin logrado volar. Jamás lo lloré, de haber tenido que hacerlo, hubiera llorado por su vida, no por su muerte. Esa noche volvieron los gritos de mamá, gemía dando a luz a su pequeño Manuel. A la mañana siguiente me llamaba ansiosa para anunciarme el nacimiento de mi nuevo hermanito. Desde entonces jamás se volvió a hablar del pobre Manuel, como si nunca hubiera estado aquí. A veces he llegado a pensar que quizas él jamás existió; que todo fue un invento de mi mente para hacerme más llevadera la vida. Lo único que lo hace real ante mí, es este cuarto, única prueba de su existencia.

Al entrar a la siguiente habitación, sin poder hallar nada bueno aun en mi memoria, mis ojos se tropezaron con el gabán de papá. Parecía más una coraza. Mi imagen de él era esa, la de el pequeño hombrecillo que manejaba al gigantesco gabán. Entraba por las noches, muy tarde, jamás nos saludaba, se encerraba en la habitación con mamá, se les oía jadear, gritar, luego unos fuertes ronquidos y nada más. A la mañana siguiente los gritos de mamá emocionada por su nuevo alumbramiento; pero él ya no estaba allí. Nunca estaba allí. Tal vez él era el único sano de todos nosotros y por eso huía. Solo llegaba, se comía a mi mamá y partía satisfecho cada amanecer. ¿Quién sabe? Realmente no lo llegué a conocer, la única vez que pude mirarlo por muchas horas, fue en un ataúd, en el que lo colocaron por 2 días en la sala de la casa para ser velado, y yo estuve junto a su cadaver toda una noche entera, como queriendo contarle que le extrañaba y que me hubiera encantado conocerlo; pero ahora era demasiado tarde. Nunca supe como murió, lo que si es cierto es que ni todo el maquillaje que le pusieron encima ocultaba su desfigurada figura, algo terrible le había sucedido. Desde ese entonces aprendí a ver la muerte como mi amiga, como la única salida segura a tanto dolor. ¡Pobre papá, descansa en paz!
Después de la muerte del hombre que le mantenía unida al mundo de los vivos, mi madre entró en una locura mayor y una depresión total. No volvió a parir, pues no había quien le hiciera el amor todas las noches y no volvió a trabajar en la casa. Afortunadamente una tía política, Raquel, esposa del hermano menor de mi papá, se mudó a vivir con nosotros para cuidar a mi madre. De no haber sido así, hubiera fallecido ella y yo me hubiera quedado sola vagando por aquel gigantesco lugar; pero la situación fue insostenible, aun para la aplomada Raquel, quien también había perdido a su marido, en situación parecida a la de mi padre, violentamente, aunque jamás nadie me quiso decir nada. A los 2 meses mi madre, que ya estaba en estado cata tónico, fue internada en el mismo hospital mental donde murió mi hermano, y donde aún se encuentra hoy en día. A veces me gustaría escabullirme e ir a asesinarla, para regalarle la paz, pero se que no tengo las agallas para tal evento.

Así que desanduve mis pasos por la vieja casa y llegué hasta esta butaca, atada por el cuello, sin un ápice de felicidad en mi cuerpo. Sola porque todos me dejaron. La tía Raquel murió, mi padre jamás estuvo aquí, mi hermano Manuel tal vez ni siquiera existió y mi madre, nunca fue mi madre.
Ahora entienden el por qué...?
Por qué Soy Ana?,
y por qué estoy muerta...?

CINCO DIAS ANTES DE MORIR

Por: Tulio Zuloaga Pérez

Día Primero

Hoy es el peor día de mi vida. Por primera vez en 10 años, ella, mi amada esposa se aleja de mí. Se me bajó la tensión, realmente me sentí mareado cuando la vi cruzar la puerta de embarque. Sabía que pasarían muchos días antes de volverla a ver. Unos minutos antes estaba junto a mí, diciendo palabras bonitas que yo parecía no escuchar, claro, estaba como una tortuga hundido en mi caparazón tratando de evitar que algo externo me atacara, el problema, y no caí en cuenta a tiempo, es que el mal que me acaería sería netamente interior. Innecesario caparazón. Tome a mis pequeños magdalenitos de la mano y les fui arrastrando hasta la salida, ellos chillaban como si les hubieran propinado un tiestazo en el corazón. Su madre partía y ellos ahí indefensos, tirados a la simple soledad. Durante el camino de regreso no se dijo una palabra, yo, el gran papá iba disfrazado con senda máscara de alegría postiza para que ellos no sufrieran; pero me estaba enloqueciendo al igual que ellos. Las horas pasaron, pegajosas, parecían no querer desprenderse del reloj, malditos minutos elásticos, estaban como multiplicados por 100. Jamás imaginé que dos almas se pudieran juntar de tal manera, que a la ausencia de una, la otra empezara a opacarse y a perder su vitalidad.

Afortunado, eso dirían muchos, allá va la cantaleta y por un atisbo de tiempo, vuelve la calma. Ojala mi corazón entendiera dichos términos, pero pareciera que su sonrisa y sus palabras fueran el viento que alimenta las llamas de mi hoguera. Sigo sin sentido, el día no avanza, menos cuando todo en lo que pienso es, en qué momento sonará el teléfono y podré escuchar su voz al otro lado. Que falta tan agobiante, qué agonía más absurda, esto no corresponde a un corazón del siglo XX, su amor me atrapó en algún doblez del tiempo antiguo y me quedé allí, prisionero y ángel.

Buenas noches mi amor, espero que mi intranquilidad sea tu calma. No puedo desearte lo mismo que deseo yo. Te veré en mis sueños.

Día segundo

Esta es mi segunda noche sin dormir, y muy a pesar de que me he reventado trabajando para esconderme del tiempo, el agotamiento físico no ha logrado superar la confusión de mi espíritu. Así es, me acuesto muy tarde, totalmente vencido y empiezo a arrastrarme de lado a lado de la cama. Estoy dormido, pero vigilante. Me profundizo por un momento; pero al mirar el reloj han pasado solo 5 minutos... y yo los sentí como 2 horas largas. Aquí está nuevamente el tiempo, alargándose como una melcocha. Un vacío seco me hace calambres en el estómago. ¿Estará ella tan ansiosa como yo?

Yo sé que tú nunca podrás entender mi forma de sentir, la absurda dependencia que tengo de tu amor; pero es que mis dimensiones son distintas a la de la mayoría de los seres humanos, yo en cambio no fui creado por Dios, no; El me sacó del barro, eso es cierto, pero quien me dio la vida fuiste tú. Vida desde el día en que te conocí. No es mentira, el amor es el creador de todas las cosas. Recorro el apartamento, como un fantasma, manteniendo el silencio que se desliza por entre las sombras. Nuestros pequeños están perdidos en el mundo de sus sueños, que envidia, que par de duendes poderosos me has regalado. Al menos a hoy, los Magadalenos olvidaron su cruz. Ellos ya no te están llorando, mi alma si.

Recojo mis cosas y salgo a la calle, son las 4 de la mañana. Voy a la oficina a asesinar tu recuerdo y a ver si la desesperación no me persigue hasta a donde voy.

Buenas noches princesa, espero que mi insomnio sea tu sueño. No puedo desearte lo mismo que deseo yo. Te veré en mis recuerdos.

Día Tercero

Hoy el día ha comenzado igual. A pesar del silencio, ya puedo respirar mejor, como si una especie de calma me hubiese sido regalada entre tanto dolor. Se que a donde te encuentras se está acercando un huracán, me siento culpable; porque sé que esa tormenta la está causando mi psique. Mi corazón empezó a dar vueltas y cuando menos lo imaginé, estaba arrastrando con el a los vientos del caribe, me apena lo sucedido; pero no existe ser que pueda controlar el arrebato de un amor sincero, no hay quien pueda amarrar la fuerza de un sentimiento. Estoy aquí, en mi ritual matutino de esperar tu llamada. El timbre del teléfono parece la voz de Dios. Que cantidad de vida me regalas cuando te descubro dentro del auricular.

Día cuarto
Cada día tengo menos que contar. Paso las horas metiéndome por ahí, escapando de la soledad. Cada día tengo menos vida. Mi alma ha sido exprimida.

Día quinto... y último

Y dicen que nadie se puede morir de amor.
¿Cómo entonces me encuentro yo tan muerto?

sábado, septiembre 02, 2006

LA MUERTA DEL PARQUE “LA AURORA”

Tulio Zuloaga Pérez

Rebeca corría desesperada y el golpe seco de sus tacones contra el asfalto sonaba tal cual una lluvia brusca de pocas gotas. Por más que lo intentaba sussu cuerpo le cobraba la cuota del sedentarismo de los últimos años. Se desplazaba lento, por másy aun que se esforzaba, sentía como si estuviera corriendo bajo el agua, y en un desafortunado traspié fue arrojada de boca contra el rugoso suelo. El silencio era tan absoluto que pudo escuchar con claridad la ruptura de la piel de su barbilla contra aquel rayador de cemento. La sangre explotó, tal vez impulsada también por el exagerado bombeo de su corazón agitado. El sonido abrupto de su espiración rasgaba la densa niebla que le envolvía, y a pesar del miedo se quedó allí, tirada, como representando la obra viva de la siniestra escena de una muerte en el parque. Cerró los ojos esperando el zarpazo de algo desconocido; pero los minutos pasaron y nada sucedió, solo la sinfonía de los sapos en la noche y uno que otro sonido huérfano proveniente de la avenida que rodeaba al antiguo parque de La Aurora.

Rebeca comenzó a recrear el momento apenas pasado, cuando al regresar de su trabajo como administradora de un pequeño almacén de ropa, decidió aventurarse y cruzar la noche a través del verde bosque que sostenía aquel pulmón de la ciudad, y ni siquiera lo dudó, a pesar de que por lo menos 1 vez al mes quedaban allí los despojos mortales de algún individuo incauto que, como ella, se refugiabanrefugiaba en el manto boscoso para acortar camino, o para entregarse a los placeres del sexo, el alcohol, el humo e incluso, para realizar uno que otro acto oculto de satanerìa o simple brujería blanca. Pero esa noche, en especial, parecía que todo el universo se hubiera puesto de acuerdo para dejarla a ella sola en medio de la noche del "parque del amanecer ", sola, para que presenciara en todo su apogeo el trabajo de la muerte., a la que había sido tan esquiva, a la que le tenía terror.

Salió del almacén y se cercioró de que la cortina de hierro se hubiera posado correctamente sobre la base de los candados, los apretó con fuerza y miró su reloj para comprobar que había sobrepasado su horario habitual esperando que su nuevo amigo y casi amante de turno le viniera a recoger. Pero sus ilusiones se fueron desvaneciendo al igual que los minutos en el reloj publicitario de la pared. A las 11:30 p.m. dio por cancelada su cita y prefirió ni marcar al celular del tal José María, el idiota que en esos instantes le hacía rabiar. Al mirar hacia la calle sintió miedo, porque el almacén estaba ubicado en una de las zonas de tolerancia de la parte central de la ciudad, así que la única compañía era una que otra chica de la mal llamada "buena vida" y un par de borrachos sin dinero tratando de ligarse a la primera que cediera a sus encantos. Rebeca apresuró el paso y cruzó al otro anden del frente para no tener que toparse con ninguno de estos despreciables seres que acechaban la noche, porque aunque era de todo, menos bonita, flaca o joven, a los ojos del alcohol, podría ser un buen bocado pasajero.

En la oscuridad aquel hermoso nido de verdes y amarillos se presentaba como una garganta seca, y manchada de por la neblina; pero esto le ahorraría las 5 cuadras que debía caminar para rodear el parque de La Aurora hasta la estación de buses de la Avenida principal. No lo pensó dos veces y se internó, ¿qué podría pasar?, era ella una entre 10.000 personas que a diario debían pasar por allí, las proporciones de algún suceso eran bastante reducidas, así que caminó decidida;, aunque helada por el frío y el temor, apresuró el paso hasta donde sus delgados tacones se lo permitían, si no hubiera sido por lo sucio del piso, Rebeca seguramente hubiera corrido descalza y abría escapado velozmente de las fauces obscuras de aquel bosque lúgubre e intimidante. Algo le sorprendió, no se había cruzado con nadie, ni con un maleante, o borracho, o chulo, o prostituta, o atrevido provocador; el parque no olía a marihuana, o a azufre, o a sexo, no se oía nada, solo el ensordecedor pito del silencio que lte golpeaba los oídos. Bajo estas circunstancias no sabía si estar agradecida o asustada por su extraña fortuna. Al llegar al corazón de aquel territorio sus ojos se chocaron con una poderosa fuente, que aun a esa hora, escupía sin pudor un elevado chorro de agua, para ella fue consolador escuchar al menos el rugir del líquido rompiendo el aire. Se quedó allí por algunos minutos observando los tonos plateados que desprendía aquel oleaje horizontal al chocar contra los rayos de la luna, parecía estar desprendida de sí misma durante esos instantes, como si hubiera entrado en actitud meditativa sin proponérselo.

Un chasquido seco la saco de su ensimismamiento y después de pensarlo por unos minutos, caminó vacilante hacia el lugar de donde provenía aquel curioso sonido. El chasquido se repetía, cada vez más fuerte y ya no tan seco, como si el golpe lo estuviera amortiguando algo duro que se había quebrado, entonces se repitió dos veces más, pero estos los finales rebotes sonaron ahora líquidos. La sangre le llenó las sienes, y aunque no se podía mirar, Rebeca supo que todas las frágiles venas de sus ojos se habían empezado a reventar; estaba aterrada, porque pues intuyó de inmediato que a tan solo unos pasos alguien habían golpeado a algo o a alguien hasta hacerle sangrar. Supuso que los golpes que había escuchado habían sido propinados en launa cabeza de ese alguien, con algún objeto grueso de madera o de metal ya que la cadencia desde el primer porrazo chasquido seco, continuó fue seguidao por sonidosotros blandos y luego otros líquidos;, como un cráneo que había cedido al inclemente y repetido ataque de un despiadado mazo. Rebeca no sabía qué hacer, en ese momento, más que la curiosidad, le ganó la angustia, porque ya que inmediatamente relacionó aquel desastroso hecho con la ausencia de José María;, entonces sintió un pesar enorme al pensar que talvez había juzgado mal a su amigo, que mientras le maldecía por su incumplimiento, este yacía moribundo en el parque; pero no, esta posibilidad era tan estùpida como remota pues la cita que habían acordado era apenas después de salir del trabajo, a eso de las 7 p.m. y en este momento eran aproximadamente 20 minutos después de las 121 de la noche, así que Rebeca sabía que a un suspiro de distancia se encontraba tal vez el cadáver de un desconocido y allí, frente a éel, su inquisidor.

Al darse cuenta que tan cerca estaba de aquel peligro mortal quiso gritar; pero la se pondría en evidencia, así que corrió, al principio en puntillas y luego se desencadenó en un desenfrenado golpetear sobre el piso. Sabía de sobra que el asesino la tenía que haber escuchado y por eso no se pensaba detener; pero infortunadamente hasta que se desplomó unos metros más adelante.
Unos minutos después Como un soplo se incorporo y por fin cayó en cuenta de descalzarse. Quería salir corriendo pero algo se lo impedía, miró a su alrededor para descubrir que aún se hallaba sola, que nada la estaba persiguiendo y que el silencio, alentado por la sinfónica anfibia, seguía siendo su única compañía. ¡Que tonta!, pensó para sus adentros, tenía la oportunidad de huir y sin embargo, seguía allí quietainmóvil, en medio de aquella absurda situación. Buscó cuidadosamente tratando de encontrar con sus cansados ojos, el pequeño bolso que llevaba en su mano derecha al momento de caer, pero no estabacomo era café oscuro, iba a ser muy difícil encontrarlo entre las sombras que esparcían los árboles sobre el camino. Sin pensarlo se sacó de entre el sostén un mal doblado pañuelo de pequeño papel que había puesto allí dos horas antes, al arreglarse la pintura de los labiosentrara al bañ, se limpió la barbilla, pero extrañamente no había sangre, y luego se miró la camisa de flores, talvez la única más fina que tenía, para comprobar que ni siquiera estaba sucia. Se devolvió con la mirada hacia el lugar de donde hacía unos segundos, quería huir a como diera lugar, y a pesar de que mientras corría le juró a Dios mil veces penitencia si la alejaba de aquel lugar, ahora solo pensaba en regresar, tal vezquizás por humanidad con el pobre desgraciado, o tal vez, por simple curiosidad morbosa. Salio del camino marcado por pequeños ladrillos incrustados en la arena con sus zapatos en la mano, y empezó a acercarse al punto donde empezó su pesadilla. No caminaba, mas bien volaba de miedo, pues su desplazamiento era tan cuidadoso que ni el mejor sabueso se hubiera dado cuenta que ella estaba allí.

Su cara estaba pintada por las sombras de los arbustos y descubrió, en el centro de un claro, a un hombre apoyado sobre una pobre mujer, realizando una danza sexual, penetrándola una y otra vez, enlodado en la sangre que fluía de la cabeza de su víctima, el victimario se gozaba cada segundo de placer mórbido, mientras la chica convulsionaba escupiendo vid roja por sus labios. Rebeca quedó como inconciente aun en plena vigilia, no se podía mover, quería saltar sobre ese maldito y arrancarle la piel a mordiscos; pero ya no podía hacer nada, aquella mujer, ahogada por su sangre, con posible muerte cerebral, ya no se podría salvar, al menos, y para su escasa fortuna, seguramente ya nni siquierao se estarìa dando cuenta deía lo que le estaba sucediendo.
Rebeca trató de llorar pero no pudo y sin saber por qué, se empezó a quedar inmóvil, quizás el terror le estaba paralizando las articulaciones. Sintió nauseas, dolor de cabeza, un sabor salado en la boca, y aunque fuera por solo curiosidad, no podía dejar de mirar a esa pobre miserable que se despedía del mundo de la forma más cruel que cualquiera se pudiera imaginar. Quería abrazarla, darle una voz de aliento, y con la mente trataba de llamarla, y como si esto último hubiera funcionado, la joven giró su cabeza y clavó su mirada vacía en los aterrados ojos de Rebeca y se quedó así mirándola todo el tiempo que aquel bastardo se masturbó con ella. Cansado, aquella bestia mal vestida, con disfraz de hombre, se levanto, guardó su arma de carne con la que había rasgado una y otra ves el sexo de aquella desconocida, recogió pateo un robusto tronco rodillo de los de amasar gigantes y lleno de sangre, lo metió dentro de su gabán y se dirigió a la fuente a lavarse las huellas de su putrefacta acción. Rebeca quiso acercarse a la víctima; pero algo se lo impedía, se sentía ella la atacada y lo único que podía hacer era mirar a la desdichada rezongar sobre el barro que había formado con sus líquidos.

Rebeca cerro los ojos, y por primera vez se dio cuenta de que no sabía qué estaba haciendo en medio de ese parque; por su mente pasaron mil imágenes:, Eella nunca cruzó la calle, de hecho recordó que José María si la había venido ido a recoger, salieron, se iban riendo en el auto, él le ofreció licor;; pero al beber de la de aquella pequeña botella metálica en la que él siempre cargaba Whisky barato, se había sentido mareada y adormecida. Un rato después abrió los ojos y se vio debajo de él, se levanto como pudo y le arañó la cara, él le propinó un golpe seco con lo primero a lo que se pudo asir, ella cayo mareada, lo pateó en la espinilla y él, como respuesta, se enloqueció a darle con un pesado palotronco.

Sse sentía pegajosa y mojada y no entendía bien qué estaba sucediendopasando, le veía la cara deformada y veía veía que José se movía sobre ella de forma sinuosa, como si le estuviera haciendo el amor; pero ella no sentía nada, la cabeza le zumbaba y no comprendía si estaba soñando o se había emborrachadoera un horrendo delirio causado por el alcohol, entonces y no recordaba nada.

Vio que se encontraba cubierta por la luna y que un halo rojizo le pintaba todo lo que miraba, y aquel amigo brincaba sobre ella como un perro enfurecido; pero ya ella estaba como muertano sentía ni oía nada.

Abrió los ojos desconcertada para descubrir que aquel despojo humano que yacía tirado en medio del pequeño claro tenía su misma camisa, la única fina que tenía y al lado, encontró con la mirada, su pequeña cartera. Miró hacia la fuente y se encontróchocó con, la cara, ahora limpia, de José María, su amigo, su casi amante que bebía de la misma lata de Whisky de la que ella había tomado. No quería hacerlo; pero se tuvo que volver voltear a mirar a la moribunda, y allí, en su último halo de luz, descubrió que era ella, … ultrajada, violada, golpeada, asesinada...
El maldito caminó dando tumbos por la arboleda y desapareció, con la vida de Rebeca entre sus manos.

UNA MUJER MUY GORDA, CON UNOS SUEÑOS MUY DELGADOS

POR: Tulio Zuloaga Pérez

Ana rodaba por los pasillos interiores del edificio donde se encontraban las aulas de literatura de la universidad, a su paso, se podía sentir el suelo temblar; miles de kilos de de pulpa y unos kilos más de accesorios, tronaban contra la base de sus pies. Ella, como siempre, sonreía, aunque sus compañeros, desde que la veían aparecer, se lanzaban en un incesante parloteo de burlas y risas. La cosa era tal, y Ana lo sabia, que si hubiese dado en donación una pierna o un brazo, el hambre mundial habría disminuido notablemente. Esa gigantesca coraza mortal que envolvía su diminuta estructura ósea, se balanceaba desordenadamente de lado a lado, así que tenía mucho mérito el esfuerzo de recorrer un largo camino desde su casa hasta el estudio, una cuadra y media, pues era como llevar un buque a cuesta arriba.

Ana se sentó frente al computador, en el cual debía desarrollar la nueva historia que la profesora había propuesto a los alumnos. Su mente se lanzó en un limpio clavado al cristal de la pantalla, allí dejaba de ser ella y se convertía en Pamela, la hermosa personaje de sus historias, era realmente bella; pero sobre todas las cosas, era flaca, muy flaca…

“Pamela disfrutaba del olor a mar, olor que le llevaba a lugares ocultos de su memoria, en donde se volvía a reunir con sus desaparecidos padres y su hermanito, para revolcarse en un vacío de respuestas de por qué, aquella amorfa mañana, todos habían partido, menos ella. Aun escuchaba con claridad el chillido de las llantas contra el pavimento antes de colisionar y como su cabeza explotó contra el vidrio delantero. Ella salió despedida del automóvil y por un extraño designio, fue la única sobreviviente de aquel fatídico momento. allí en el suelo yacía la niña candorosa de papá, ahora convertida en una candorosa huérfana.
Se despegó de los recuerdos y apreció lo mucho que disfrutaba del mar, de su sonido, de su entorno, de las bonitas cosas que le comunicaba, y no le importaba que preciso se hallaba de visita en la Isla de Bermeo, en medio del inquieto mar Pacífico, justo cuando atacaba la peor oleada de huracanes que se hubiera visto en años. Así que esos últimos 2 amaneceres se habían presentado apagados ante sus sentidos, oscuridad de día y más obscuridad de noche; sin embargo Pamela estaba divertida recorriendo la desolada playa tropical que envolvía aquella inhóspita isla como una camisa de fuerza, evitando que la blanca arena se desparramara en el embravecido océano”.

Su maestra levantó la voz, como tratando con la más delicada decencia de que Ana volviera de su trance artístico. Hacía 15 minutos el ejercicio había concluido; pero Ana, que se encontraba en esos momentos en las tormentosas arenas del Pacífico, ni siquiera se había percatado de los cuentos que ya habían leído algunos de sus compañeros. Se quedó triste pues no alcanzó a saber por qué su única amiga, Pamela la flaquita, se encontraba en tan extraño lugar. ¿Por qué el mar?, ¿por qué la arena? ¿Y por qué el huracán?

Para levantarse de la silla tenía que pasar el embarazoso momento de permitir que 11 compañeros caballerosos y muy fornidos ellos, le ayudaran a despegar sus gigantes nalgas de asiento, haciendo un tremendo esfuerzo en contra de la presión atmosférica. Luego le empujaban un poquito para que sus diminutos pies pudieran coger impulso y echar a andar a aquella locomotora humana. Pero la mano de uno de los jóvenes se hundió entre sus carnes rollizas y como jalado por una incontrolable fuerza magnética se metió dentro de aquella inmensa mole y desapareció. Ana daba gritos de horror, todos corrían enloquecidos alejándose de aquella masa cuneiforme que se movía descontrolada de pavor. En cualquier momento podría caer y causar un temblor de 5.5 en la escala de Rigter y nadie quería estar allí.

Adentro el muchacho caminaba confundido sobre la arena más blanca y suave que jamás hubiera visto. ¿Dónde estaba la tumultuosa ciudad?, ¿cómo había ido a parar a ese oscuro lugar? De repente una imagen apareció frente a él, más parecía una aparición. La mujer más hermosa que jamás hubiese tocado su mirada estaba frente a él. La joven y bella mujer se veía emocionada de verlo, pues en todos los recorridos que había echo a aquélla pequeña isla, no había encontrado a ser viviente alguno. “Jonás, me llamo Jonás”, le dijo el alucinado joven. Y aunque su rostro estaba manchado por sendos promontorios labrados por el acné y su físico en general no era nada... nada, Pamela lo vio hermoso, como el más joven y bello hombre que jamás se pudo soñar. Allí parados en la arena sus labios se unieron en el más poético baile, y sellaron su amor.
Ana se encontraba tras las rejas de la estación de policía, tan confundida como los demás. Se acercó a ella un recio oficial cuyo extraño nombre le hacía lucir mas duro: El capitán AVARO RAZMODI, le laceró con las preguntas más pesadas; pero Ana no tenía ni idea de qué responder, lo único, y era lo que repetía una y otra vez con su delgada voz, es que se sentía inmensamente feliz. El capitán por fin tomo una decisión desesperada, al quirófano. Trabajaron en ella 11 especialistas entre cirujanos, internistas, ginecólogos, lo único que brillaba por su ausencia, eran los anestesiólogos y al cabo de muchas horas, exactamente una hora antes de las 12 de la noche sacaron de aquel océano de grasa, carne y sangre a Jonás, que venía de la mano de la flaquísima Pamela. Al ver la luz chillaron de felicidad, el por estar de vuelta y con ella, y ella porque por fin había liberado su alma. Ana murió unos minutos después, era imposible salvarla después de semejante descuartizamiento, pero aun, en los momentos de máximo dolor solo sonrió, y con es sonrisa se despidió...

LA DESAPARICIÓN DEL PEQUEÑO ISMAEL

POR: Tulio Zuloaga Pérez


Ya habían pasado tres horas, y Alberto no lograba dar con el paradero de su pequeño primogénito, las calles atiborradas de compradores navideños, no le hacían más fácil la tarea. Su rostro parecía una máscara de horror y su extrema palidez la acentuaba más. Morirse, eso era lo único en lo que podía pensar, había descuidado al pequeño Ismael por un instante y de repente ya no estaba allí. Luchaba contra la corriente producida por el torrente humano, dando gritos, llamándole y nada. Las lágrimas empezaron a mojarle los ángulos de la cara, sentía una oscuridad absoluta, como si le hubieran cortado la cabeza de un tajo. Mareo, desolación, angustia. El calor le subía como si estuviera parado encima de una hoguera, se le quemaba el cuello. No se podía controlar, gemía, suplicaba, le rezaba a Dios, se culpaba. Que el mundo se acabara en ese momento, esa era la mejor solución para él que ya no sabía que hacer y suponía de sobra que en ese instante había terminado la corta historia de vida de él con su pequeñito, el más dulce e inteligente, el que le daba fuerza para levantarse cada día; su pequeñito que soñaba con Spiderman para estas navidades, con el niño Dios, con la pólvora y el arbolito de navidad. Su niñito, su vida. Que iba a hacer ahora. Sin planearlo, se derrumbó sobre una acera, mientras todos lo pisaban y le empujaban... Ismael ya no estaba y él no sabía qué hacer. Si se iba a la estación de policía, el chiquito podría aparecer y no encontrarlo, si no iba, acrecentaba de pronto, la imposibilidad de que las autoridades le pudieran ayudar. El estomago le propinaba sendos retorsijones de angustia y el calor lo estaba hirviendo vivo. Desesperado, derrotado... “Por Dios, ¿dónde esta mi pequeño Ismael?”.

A tres pasos, justo detrás de una puerta marrón que el padre del pequeño tenía a la vista, una especie de humano, con corte de shaman, encendía inciensos, y velas rojas y amarillas por todo el contorno interno de la casa, siguiendo las líneas irregulares de la antigua edificación de paredes verde aguamarina. No tenía luz y despedía un olor penetrante y fétido, parecido al del azufre. Los ojos volteados dejaban al descubierto su escasez de iris, se movía esparciendo una danza tenebrosa acompañada de tres o cuatro compases indescifrables... “Tockdu Koshe, Chitan Koshe...” Caminó con su extraña cadencia perdiéndose en el oscuro fondo de aquel raro recinto.

Alberto ya había enloquecido, gritaba enfurecido, la garganta raspada por el esfuerzo no le dejaba emitir sonidos con claridad, parecía un buey en las puertas del matadero, se jalaba el pelo, se golpeaba tratando de mitigar el dolor. No pasó mucho tiempo antes de que llegaran dos agentes que se le abalanzaron encima y le pusieron bruces contra el pisoteado pavimento. Alrededor se formó una ola circular de curiosos que disfrutaban de aquel triste espectáculo. El pobre hombre no podía explicar lo que pasaba, ya la voz no le funcionaba y trataba de desprenderse de sus opresores para explicar, pero entre mas forcejeaba ellos más le aplastaban contra el suelo. Impotencia, estaba rendido a su absurda impotencia.

La imagen del maestro brujo penetró en una compuesta habitación, parte altar, parte oficina de adivinación, parte rebrujero. Caminó hacia un desván ocre, de formas insensatas y mal trabajadas e introdujo sus manos, extrayendo de su interior una especie de martillo largo, enmarcado por una desequilibrada punta robusta y plateada en su lado opuesto. Conservaba una calma y una seriedad bastante respetables. Cruzó la puerta de la habitación y empezó de nuevo a expeler su cántico y su ritual baile.

Una vez reposada la situación, el pobre desdichado se abrazó a uno de los policías, como si le fuera a ahorcar, y con el hilito que le quedaba le pidió ayuda. “Ismael”, su pequeño Ismael estaba perdido. El guarda lo miró conmocionado y a pesar de la angustia o el pesar no había mucho que hacer en ese lugar. Eran más de las 6 de la tarde y los almacenes ya estaban cerrando, no contaban con mucha luz, y pocas eran las esperanzas después de tantas horas de la desaparición del chiquillo. Debían ir a la estación y colocar un denuncio. Alberto, exhausto, desesperanzado, embrutecido por la impotencia no tuvo otra opción que desmayarse y de inmediato fue montado en una patrulla que en ese preciso instante estaba llegando al lugar.

“Tockdu Koshe, Chitan Koshe...”, y entró a la cocina. El lugar era blanco, cubierto en su totalidad por baldosas cuadradas y antiguas que daban un aspecto sucio y lúgubre, como una improvisada morgue. Se acercó a un mesón central de cemento y observó por algunos instantes al pequeño de unos cinco años que había casado unas horas atrás. El chiquillo gemía despavorido y sus ahogados ojos no le dejaban ver con claridad. Un monstruo, el de sus imaginaciones, lo había atrapado. Solo pensaba con angustia en su mamita y en su papito, y eso que ellos le habían jurado que los monstruos no existían. Ahora él estaba a punto de ser devorado por el peor. Su única compañía era el miedo, el llanto, los gusanos del estomago; estaba orinado, solo, esperando que Spiderman le viniera a rescatar. El hombre shaman levantó el lado plano de la medieval arma que empuñaba y propinó un tiestazo seco en la frente de aquel angelito, que al instante cedió, el pequeño entró en trance y se desprendió de sus labios, como un silbido un aferrado suspiro... “Mamita, mamita, mamita...” y se apagó. Aquel espíritu maligno le arrancó el corazón.

Alberto quedó solo, su esposa no soportó la pérdida y lo dejó; “él era el culpable”. Pasaba las horas en un mecedor con la vista perdida en la nada. Jamás volvió a hablar. Algunas horas del día reía como un pequeño, otras lloraba como un animal, otras solo callaba como una tumba.

CAPERUCITA...¿Realmente era el lobo feroz?

Por: TULIO ZULOAGA P.
Era una manana turbia y fria, ya todos sabian que se avecinaba la tormenta mas espantosa de la que se tuviera recuerdo en aquella diminuta provincia. El lobo habia vuelto, y esta vez no se iva a marchar hasta no haber cruzado algunas palabras con la ya envejecida caperucita, su amor de anos atras y a quien jamas pudo arrancar de su corazon. Tal ves por eso aquel mounstruo razgaba las carnes de cuanta mujerzuela se tiraba en el valle; se habia convertido en un cruel asesino, y aun con toda la sangre que llevava incrustada bajo sus unas, no habia podido tapar aquel vacio. Ahora regresaba, despues de mil anos, y pretendia que, la abusada caperucita, volviera a caer en sus fauces lascivas.

El Lobo salto los gigantescos cedros que rodeaban el lugar, todos los habitantes habian desaparecido, estaban ocultos en una cueva cercana tras la cascada del bosque, era el unico lugar en donde aquella bestia no les podia olfatear, y es que era sabido, que si no encontraba a la pequena anciana colorada, muchos pagarian con sus vidas su acceso de ira, pero y si la encontraba y satisfacia con ella sus pesadillas pasionales, igual mataria a algunos cuantos para celebrar y calmar su hambre. Caperucita estaba en medio del sendero que conducia al liquido refugio, como retandole, talves decidida a morir de una ves por todas para no seguir esperando la llegada, cada 100 anos de su inquisidor.

El lobo la miro complacido, sabia que siempre la podria encontrar, la pobre miserable no tenia donde esconderse.

Le sonrio, como el amante cinico que siempre vence a su presa, y fue dando pasos cortos hacia ella. Jadeaba revisando los redondos senos, las fluidas caderas; el rostro envejecido de manera angelical: pero iba lento, como si corriera en un arenal, queria botarse sobre ella y arrancarle la capa roja y penetrarla hasta quedar reducido a un simple lobesno.

Caperucita no dejaba de mirarle, con esa mirada valiente que se obtiene del cansancio y cuando lo tuvo cerca saco de entre sus manos un punal, el mismo con el que vio morir a su esposo el cazador, el mismo con el que El lobo le arranco el corazon. El asesino se detuvo, mas con sorpresa que con miedo, y vio en Caperucita su misma mirada fria y sin piedad.

cegado por la pasion, con la sangre imflandole sus partes carnosas, derramandole el cerebro, quemanole el pecho, se lanzo en un atrevido vuelo, sin darle importancia ni a su propia muerte; pero lo que jamas imagino, es que su muerte le llegaria, pero en el cuerpo de la perfecta y madura caperucita, quien se dio de profundos tajos en el cuerpo ante la mirada desconcertada y horrorizada de su agresor. el Lobo, pralizado en el aire la vio decolorarse hasta el rosado mas palido y alli termino, desvanecida en el aire. Los aullidos del lobo, conmovieron hasta a los atemorizados aldeanos, quienes fueron saliendo uno a uno de su madriguera e hicieron una rueda alrededor de la mas patetica imagen...

Caperucita, una estela en el aire de la imaginacion, El Lobo moribundo y un bosque decolorido y lleno de estatuas.

El cuento habia desparecido...

UN POEMA ESCRITO, CON LA SANGRE DEL POETA

POR: Tulio Zuloaga Pérez

José María Roda era un escritor como cualquier otro, cuyo único sueño era trascender: plasmar en el papel una historia que traspasara las fronteras de la imaginación; pero hasta ahora, todo habían sido palabras tontas: bonitas, bien escritas; pero tontas. No causaba nada, por más que se esforzaba, no se creía ni el mismo, repetía y repetía lo mismo que otros ya habían escrito, a pesar de que con gran destreza disfrazaba las palabras de esos otros para que le sonaran originales; pero el problema seguía siendo el mismo. No causaba nada, solo a una que otra de sus variadas amantes, todo lo que él escribía o decía, le parecía divino, claro, producto de su enamoramiento o de su rosada inteligencia.

Nació extraño, desde que aprendió a vivir, actuó como si tuviera daños en su razonamiento, todo era un problema; sus padres le vieron crecer, mordidos a diario por una escurridiza incertidumbre de lo que sería el futuro de su pobre angelito, que día a día daba muestras de ser mas un monstruo que un humano. Su pequeña cabeza era el albergue perfecto para cuanto conflicto pudiera existir, tal ves por eso, su cráneo se desarrollo en tamaño, mucho más allá que el de los niños de su edad. Aquel par de viejos que le criaron estaban convencidos de haber cometido todos los errores posibles en sus vidas anteriores; porque José María, era sin lugar a dudas, el karma mejor elaborado de la historia. Su familia de sangre y la política concordaban en que el pequeño bastardo había nacido loco y de seguro moriría pronto, igual de loco. Pero las estadísticas fallaron, primero enloqueció un poco a aquellos a los que tocó con su presencia, era desesperante, despertaba los odios más complejos y como siempre se refugiaba en su profundo convencimiento de ser siempre la víctima: “El mundo se ensañaba a diario contra él”.

Salió del colegio sin mayores expectativas, convencido de que al pisar el suelo sagrado de la Universidad, haría historia; aunque aun no sabía como, pero daría de qué hablar, y así fue. Todos le conocían como el estudiante más irresponsable, bebedor y grosero del campus. Se ganó el desprecio aún de los maestros más comprensivos, y la situación se le tornó tan pesada, que antes de terminar el primer semestre de filosofía, renunció.

Sus padres que habían gritado de júbilo con su entrada al centro educativo, ahora lloraban de desilusión. Ahí se iba una de las posibilidades más directas de que aquel jovencito desorientado tomara rumbo. Pero al “futuro gran escritor” no le importaba nada, mucho menos los sentimientos de aquel par de viejos que nunca le habían podido comprender: “El era demasiado para este mundo plano y sin sentido”. Escribir, eso era lo que quería, pero cada página era un desperdicio de material, así que él mismo le llamó a sus escritos “Páginas bobas de un gran intelectual”, vacías, sin vida; ni siquiera sus padres podían disimular el ambiente de confusión que les enrarecía cuando aquel simple artísta, les permitía leer algunas de sus líneas. El mundo habría descansado si este rastrojo de humanidad no hubiera alcanzado la pubertad; porque producía en los demás la contaminación más peligrosa... la del alma.

Y llegó el momento en que sintió que la moza inspiración le estaba bailando alrededor. Entonces, invadido de júbilo por su fortuna, decidió hacer algo muy diferente. Después de años de discernimiento entendió que lo único que le haría grande sería un desenfreno poético total, así esto le costara la vida.

“El gran JOSE MARIA...”, ya se imaginaba los titulares, “...escribió un libro con su sangre”.

Indagó con un médico amigo, cuanta sangre podía extraer de su cuerpo diariamente, sin causarse un daño importante, para escribir con ella las líneas de su poema inmortal. No se hizo esperar, pues su destino babeaba de excitación absoluta, no había nada más sublime: Un poema escrito con la carne líquida del poeta, extraño; pero PERFECTO.

La mañana que empezó a desangrarse fue bastante conmovedora, el cielo lagrimeaba muy suave, parecía un mar al revés, oscuro sin sol ni luna, sin luz. Un frío atontado se le enredaba en el cuerpo, le lamía el corazón, y es que José María era loco como cobarde y solo en ese instante recordó que le tenía pánico a la sangre, que sería incapaz de violentarse para expulsar un poco del preciado líquido que le haría inmortal. Se detuvo un momento, y como todo ególatra, encontró la solución en los demás. Un asesinato cada tres noches le proveería la tinta suficiente para construir un poema tan extenso como la Biblia; pero como si un atisbo de conciencia le atacara el alma, se dijo a si mismo que no, y aunque era escaso de supersticiones, si estaba convencido de que la sangre buena para su propósito, solo podría ser la suya: “bendito entre todos los seres humanos quienes jamás podrían llegar a un grado tal de comprensión como la suya”. Si, era cierto, él era quien tenía que quedar regado en aquel papel, aunque el miedo fuera su peor contratiempo. Entonces solucionó, con su macabra inteligencia, dos problemas de un solo golpe. Anestesia para el alma: Alcohol; con esto sería fuerte y a su vez le daría el toque líquido que necesitaba la sangre para deslizarse con mayor fluidez desde su rústica pluma. Era demasiado conveniente.

Después de 5 copas de Tekila puro, su cobardía aun batallaba para no dejarse desterrar; pero la mente del poeta adquiría unos matices de profundidad ideales para cantar sobre el papel, así que con esa valentía que da la estupidez, se propinó, con un no muy afilado bisturí, un corte perfecto en la muñeca inferior izquierda. La sangre se escurrió sobre una blanca vasija que había dispuesto para tal recolección; pero al ver aquel reguero de vida, se desmayó, quedando inconsciente por algunos minutos.

Abrió los ojos y le costo un poco de trabajo reconocer la situación, por un momento no supo donde estaba; pero pronto volvió a la realidad. Se levantó afanado, y aunque muy débil, dejó nuevamente fluir aquel hilo espeso sobre su improvisado tintero. Tomó la pluma con la mano derecha, mientras la izquierda la alimentaba, y escribió...

“La muerte me viene bien,
en su tenue regazo encontré la razón de mi existencia,
el clímax llegó llegó a mí
y nunca imaginé que fuera en ella mi realización total.

Estoy aquí, princesa tenebrosa y desconocida,
estoy aquí para ti.
Abrázame por favor”

Levantó sus ojos para darse cuenta de la vasija desbordada. El mareo ya no le dejaba razonar, solo alcanzó a pensar que lo había planeado todo perfectamente bien, sabía todo lo que tenía que hacer, excepto, cuanto tiempo podía estar vomitando sangre y peor aun, no había preguntado como detener la hemorragia. Sintió la más absurda tristeza por él... Estaba muerto antes de empezar.

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Acerca de mí

Técnico automotriz. Miembro de la junta de LA CAMARA DE TALLERES de Antioquia (Asopartes), Suplente de la Junta Automotriz de FENALCO Antioquia, Gerente de TECNIAUTOS FIAT, Fundador del GRUPO TAREA y proponente de la "PSICOLOGIA AUTOMOTRIZ"