Por primera vez, y después de tantos años, ella le pudo sostener la mirada y, sin sonrojarse, le lanzó una sonrisa pícara y llena de gracia; era como si por fin hubiese entendido que su destino era partir con él ahora que ya sobrepasaba la pubertad del tiempo. Sin temores y carente de toda moralidad se lanzó sobre su cuerpo adormecido y le arrancó el corazón… “Al final de una vida” Tulio Zuloaga Pérez

sábado, septiembre 02, 2006

LA DESAPARICIÓN DEL PEQUEÑO ISMAEL

POR: Tulio Zuloaga Pérez


Ya habían pasado tres horas, y Alberto no lograba dar con el paradero de su pequeño primogénito, las calles atiborradas de compradores navideños, no le hacían más fácil la tarea. Su rostro parecía una máscara de horror y su extrema palidez la acentuaba más. Morirse, eso era lo único en lo que podía pensar, había descuidado al pequeño Ismael por un instante y de repente ya no estaba allí. Luchaba contra la corriente producida por el torrente humano, dando gritos, llamándole y nada. Las lágrimas empezaron a mojarle los ángulos de la cara, sentía una oscuridad absoluta, como si le hubieran cortado la cabeza de un tajo. Mareo, desolación, angustia. El calor le subía como si estuviera parado encima de una hoguera, se le quemaba el cuello. No se podía controlar, gemía, suplicaba, le rezaba a Dios, se culpaba. Que el mundo se acabara en ese momento, esa era la mejor solución para él que ya no sabía que hacer y suponía de sobra que en ese instante había terminado la corta historia de vida de él con su pequeñito, el más dulce e inteligente, el que le daba fuerza para levantarse cada día; su pequeñito que soñaba con Spiderman para estas navidades, con el niño Dios, con la pólvora y el arbolito de navidad. Su niñito, su vida. Que iba a hacer ahora. Sin planearlo, se derrumbó sobre una acera, mientras todos lo pisaban y le empujaban... Ismael ya no estaba y él no sabía qué hacer. Si se iba a la estación de policía, el chiquito podría aparecer y no encontrarlo, si no iba, acrecentaba de pronto, la imposibilidad de que las autoridades le pudieran ayudar. El estomago le propinaba sendos retorsijones de angustia y el calor lo estaba hirviendo vivo. Desesperado, derrotado... “Por Dios, ¿dónde esta mi pequeño Ismael?”.

A tres pasos, justo detrás de una puerta marrón que el padre del pequeño tenía a la vista, una especie de humano, con corte de shaman, encendía inciensos, y velas rojas y amarillas por todo el contorno interno de la casa, siguiendo las líneas irregulares de la antigua edificación de paredes verde aguamarina. No tenía luz y despedía un olor penetrante y fétido, parecido al del azufre. Los ojos volteados dejaban al descubierto su escasez de iris, se movía esparciendo una danza tenebrosa acompañada de tres o cuatro compases indescifrables... “Tockdu Koshe, Chitan Koshe...” Caminó con su extraña cadencia perdiéndose en el oscuro fondo de aquel raro recinto.

Alberto ya había enloquecido, gritaba enfurecido, la garganta raspada por el esfuerzo no le dejaba emitir sonidos con claridad, parecía un buey en las puertas del matadero, se jalaba el pelo, se golpeaba tratando de mitigar el dolor. No pasó mucho tiempo antes de que llegaran dos agentes que se le abalanzaron encima y le pusieron bruces contra el pisoteado pavimento. Alrededor se formó una ola circular de curiosos que disfrutaban de aquel triste espectáculo. El pobre hombre no podía explicar lo que pasaba, ya la voz no le funcionaba y trataba de desprenderse de sus opresores para explicar, pero entre mas forcejeaba ellos más le aplastaban contra el suelo. Impotencia, estaba rendido a su absurda impotencia.

La imagen del maestro brujo penetró en una compuesta habitación, parte altar, parte oficina de adivinación, parte rebrujero. Caminó hacia un desván ocre, de formas insensatas y mal trabajadas e introdujo sus manos, extrayendo de su interior una especie de martillo largo, enmarcado por una desequilibrada punta robusta y plateada en su lado opuesto. Conservaba una calma y una seriedad bastante respetables. Cruzó la puerta de la habitación y empezó de nuevo a expeler su cántico y su ritual baile.

Una vez reposada la situación, el pobre desdichado se abrazó a uno de los policías, como si le fuera a ahorcar, y con el hilito que le quedaba le pidió ayuda. “Ismael”, su pequeño Ismael estaba perdido. El guarda lo miró conmocionado y a pesar de la angustia o el pesar no había mucho que hacer en ese lugar. Eran más de las 6 de la tarde y los almacenes ya estaban cerrando, no contaban con mucha luz, y pocas eran las esperanzas después de tantas horas de la desaparición del chiquillo. Debían ir a la estación y colocar un denuncio. Alberto, exhausto, desesperanzado, embrutecido por la impotencia no tuvo otra opción que desmayarse y de inmediato fue montado en una patrulla que en ese preciso instante estaba llegando al lugar.

“Tockdu Koshe, Chitan Koshe...”, y entró a la cocina. El lugar era blanco, cubierto en su totalidad por baldosas cuadradas y antiguas que daban un aspecto sucio y lúgubre, como una improvisada morgue. Se acercó a un mesón central de cemento y observó por algunos instantes al pequeño de unos cinco años que había casado unas horas atrás. El chiquillo gemía despavorido y sus ahogados ojos no le dejaban ver con claridad. Un monstruo, el de sus imaginaciones, lo había atrapado. Solo pensaba con angustia en su mamita y en su papito, y eso que ellos le habían jurado que los monstruos no existían. Ahora él estaba a punto de ser devorado por el peor. Su única compañía era el miedo, el llanto, los gusanos del estomago; estaba orinado, solo, esperando que Spiderman le viniera a rescatar. El hombre shaman levantó el lado plano de la medieval arma que empuñaba y propinó un tiestazo seco en la frente de aquel angelito, que al instante cedió, el pequeño entró en trance y se desprendió de sus labios, como un silbido un aferrado suspiro... “Mamita, mamita, mamita...” y se apagó. Aquel espíritu maligno le arrancó el corazón.

Alberto quedó solo, su esposa no soportó la pérdida y lo dejó; “él era el culpable”. Pasaba las horas en un mecedor con la vista perdida en la nada. Jamás volvió a hablar. Algunas horas del día reía como un pequeño, otras lloraba como un animal, otras solo callaba como una tumba.

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Acerca de mí

Técnico automotriz. Miembro de la junta de LA CAMARA DE TALLERES de Antioquia (Asopartes), Suplente de la Junta Automotriz de FENALCO Antioquia, Gerente de TECNIAUTOS FIAT, Fundador del GRUPO TAREA y proponente de la "PSICOLOGIA AUTOMOTRIZ"