POR: Tulio Zuloaga Pérez
José María Roda era un escritor como cualquier otro, cuyo único sueño era trascender: plasmar en el papel una historia que traspasara las fronteras de la imaginación; pero hasta ahora, todo habían sido palabras tontas: bonitas, bien escritas; pero tontas. No causaba nada, por más que se esforzaba, no se creía ni el mismo, repetía y repetía lo mismo que otros ya habían escrito, a pesar de que con gran destreza disfrazaba las palabras de esos otros para que le sonaran originales; pero el problema seguía siendo el mismo. No causaba nada, solo a una que otra de sus variadas amantes, todo lo que él escribía o decía, le parecía divino, claro, producto de su enamoramiento o de su rosada inteligencia.
Nació extraño, desde que aprendió a vivir, actuó como si tuviera daños en su razonamiento, todo era un problema; sus padres le vieron crecer, mordidos a diario por una escurridiza incertidumbre de lo que sería el futuro de su pobre angelito, que día a día daba muestras de ser mas un monstruo que un humano. Su pequeña cabeza era el albergue perfecto para cuanto conflicto pudiera existir, tal ves por eso, su cráneo se desarrollo en tamaño, mucho más allá que el de los niños de su edad. Aquel par de viejos que le criaron estaban convencidos de haber cometido todos los errores posibles en sus vidas anteriores; porque José María, era sin lugar a dudas, el karma mejor elaborado de la historia. Su familia de sangre y la política concordaban en que el pequeño bastardo había nacido loco y de seguro moriría pronto, igual de loco. Pero las estadísticas fallaron, primero enloqueció un poco a aquellos a los que tocó con su presencia, era desesperante, despertaba los odios más complejos y como siempre se refugiaba en su profundo convencimiento de ser siempre la víctima: “El mundo se ensañaba a diario contra él”.
Salió del colegio sin mayores expectativas, convencido de que al pisar el suelo sagrado de la Universidad, haría historia; aunque aun no sabía como, pero daría de qué hablar, y así fue. Todos le conocían como el estudiante más irresponsable, bebedor y grosero del campus. Se ganó el desprecio aún de los maestros más comprensivos, y la situación se le tornó tan pesada, que antes de terminar el primer semestre de filosofía, renunció.
Sus padres que habían gritado de júbilo con su entrada al centro educativo, ahora lloraban de desilusión. Ahí se iba una de las posibilidades más directas de que aquel jovencito desorientado tomara rumbo. Pero al “futuro gran escritor” no le importaba nada, mucho menos los sentimientos de aquel par de viejos que nunca le habían podido comprender: “El era demasiado para este mundo plano y sin sentido”. Escribir, eso era lo que quería, pero cada página era un desperdicio de material, así que él mismo le llamó a sus escritos “Páginas bobas de un gran intelectual”, vacías, sin vida; ni siquiera sus padres podían disimular el ambiente de confusión que les enrarecía cuando aquel simple artísta, les permitía leer algunas de sus líneas. El mundo habría descansado si este rastrojo de humanidad no hubiera alcanzado la pubertad; porque producía en los demás la contaminación más peligrosa... la del alma.
Y llegó el momento en que sintió que la moza inspiración le estaba bailando alrededor. Entonces, invadido de júbilo por su fortuna, decidió hacer algo muy diferente. Después de años de discernimiento entendió que lo único que le haría grande sería un desenfreno poético total, así esto le costara la vida.
“El gran JOSE MARIA...”, ya se imaginaba los titulares, “...escribió un libro con su sangre”.
Indagó con un médico amigo, cuanta sangre podía extraer de su cuerpo diariamente, sin causarse un daño importante, para escribir con ella las líneas de su poema inmortal. No se hizo esperar, pues su destino babeaba de excitación absoluta, no había nada más sublime: Un poema escrito con la carne líquida del poeta, extraño; pero PERFECTO.
La mañana que empezó a desangrarse fue bastante conmovedora, el cielo lagrimeaba muy suave, parecía un mar al revés, oscuro sin sol ni luna, sin luz. Un frío atontado se le enredaba en el cuerpo, le lamía el corazón, y es que José María era loco como cobarde y solo en ese instante recordó que le tenía pánico a la sangre, que sería incapaz de violentarse para expulsar un poco del preciado líquido que le haría inmortal. Se detuvo un momento, y como todo ególatra, encontró la solución en los demás. Un asesinato cada tres noches le proveería la tinta suficiente para construir un poema tan extenso como la Biblia; pero como si un atisbo de conciencia le atacara el alma, se dijo a si mismo que no, y aunque era escaso de supersticiones, si estaba convencido de que la sangre buena para su propósito, solo podría ser la suya: “bendito entre todos los seres humanos quienes jamás podrían llegar a un grado tal de comprensión como la suya”. Si, era cierto, él era quien tenía que quedar regado en aquel papel, aunque el miedo fuera su peor contratiempo. Entonces solucionó, con su macabra inteligencia, dos problemas de un solo golpe. Anestesia para el alma: Alcohol; con esto sería fuerte y a su vez le daría el toque líquido que necesitaba la sangre para deslizarse con mayor fluidez desde su rústica pluma. Era demasiado conveniente.
Después de 5 copas de Tekila puro, su cobardía aun batallaba para no dejarse desterrar; pero la mente del poeta adquiría unos matices de profundidad ideales para cantar sobre el papel, así que con esa valentía que da la estupidez, se propinó, con un no muy afilado bisturí, un corte perfecto en la muñeca inferior izquierda. La sangre se escurrió sobre una blanca vasija que había dispuesto para tal recolección; pero al ver aquel reguero de vida, se desmayó, quedando inconsciente por algunos minutos.
Abrió los ojos y le costo un poco de trabajo reconocer la situación, por un momento no supo donde estaba; pero pronto volvió a la realidad. Se levantó afanado, y aunque muy débil, dejó nuevamente fluir aquel hilo espeso sobre su improvisado tintero. Tomó la pluma con la mano derecha, mientras la izquierda la alimentaba, y escribió...
“La muerte me viene bien,
en su tenue regazo encontré la razón de mi existencia,
el clímax llegó llegó a mí
y nunca imaginé que fuera en ella mi realización total.
Estoy aquí, princesa tenebrosa y desconocida,
estoy aquí para ti.
Abrázame por favor”
Levantó sus ojos para darse cuenta de la vasija desbordada. El mareo ya no le dejaba razonar, solo alcanzó a pensar que lo había planeado todo perfectamente bien, sabía todo lo que tenía que hacer, excepto, cuanto tiempo podía estar vomitando sangre y peor aun, no había preguntado como detener la hemorragia. Sintió la más absurda tristeza por él... Estaba muerto antes de empezar.
José María Roda era un escritor como cualquier otro, cuyo único sueño era trascender: plasmar en el papel una historia que traspasara las fronteras de la imaginación; pero hasta ahora, todo habían sido palabras tontas: bonitas, bien escritas; pero tontas. No causaba nada, por más que se esforzaba, no se creía ni el mismo, repetía y repetía lo mismo que otros ya habían escrito, a pesar de que con gran destreza disfrazaba las palabras de esos otros para que le sonaran originales; pero el problema seguía siendo el mismo. No causaba nada, solo a una que otra de sus variadas amantes, todo lo que él escribía o decía, le parecía divino, claro, producto de su enamoramiento o de su rosada inteligencia.
Nació extraño, desde que aprendió a vivir, actuó como si tuviera daños en su razonamiento, todo era un problema; sus padres le vieron crecer, mordidos a diario por una escurridiza incertidumbre de lo que sería el futuro de su pobre angelito, que día a día daba muestras de ser mas un monstruo que un humano. Su pequeña cabeza era el albergue perfecto para cuanto conflicto pudiera existir, tal ves por eso, su cráneo se desarrollo en tamaño, mucho más allá que el de los niños de su edad. Aquel par de viejos que le criaron estaban convencidos de haber cometido todos los errores posibles en sus vidas anteriores; porque José María, era sin lugar a dudas, el karma mejor elaborado de la historia. Su familia de sangre y la política concordaban en que el pequeño bastardo había nacido loco y de seguro moriría pronto, igual de loco. Pero las estadísticas fallaron, primero enloqueció un poco a aquellos a los que tocó con su presencia, era desesperante, despertaba los odios más complejos y como siempre se refugiaba en su profundo convencimiento de ser siempre la víctima: “El mundo se ensañaba a diario contra él”.
Salió del colegio sin mayores expectativas, convencido de que al pisar el suelo sagrado de la Universidad, haría historia; aunque aun no sabía como, pero daría de qué hablar, y así fue. Todos le conocían como el estudiante más irresponsable, bebedor y grosero del campus. Se ganó el desprecio aún de los maestros más comprensivos, y la situación se le tornó tan pesada, que antes de terminar el primer semestre de filosofía, renunció.
Sus padres que habían gritado de júbilo con su entrada al centro educativo, ahora lloraban de desilusión. Ahí se iba una de las posibilidades más directas de que aquel jovencito desorientado tomara rumbo. Pero al “futuro gran escritor” no le importaba nada, mucho menos los sentimientos de aquel par de viejos que nunca le habían podido comprender: “El era demasiado para este mundo plano y sin sentido”. Escribir, eso era lo que quería, pero cada página era un desperdicio de material, así que él mismo le llamó a sus escritos “Páginas bobas de un gran intelectual”, vacías, sin vida; ni siquiera sus padres podían disimular el ambiente de confusión que les enrarecía cuando aquel simple artísta, les permitía leer algunas de sus líneas. El mundo habría descansado si este rastrojo de humanidad no hubiera alcanzado la pubertad; porque producía en los demás la contaminación más peligrosa... la del alma.
Y llegó el momento en que sintió que la moza inspiración le estaba bailando alrededor. Entonces, invadido de júbilo por su fortuna, decidió hacer algo muy diferente. Después de años de discernimiento entendió que lo único que le haría grande sería un desenfreno poético total, así esto le costara la vida.
“El gran JOSE MARIA...”, ya se imaginaba los titulares, “...escribió un libro con su sangre”.
Indagó con un médico amigo, cuanta sangre podía extraer de su cuerpo diariamente, sin causarse un daño importante, para escribir con ella las líneas de su poema inmortal. No se hizo esperar, pues su destino babeaba de excitación absoluta, no había nada más sublime: Un poema escrito con la carne líquida del poeta, extraño; pero PERFECTO.
La mañana que empezó a desangrarse fue bastante conmovedora, el cielo lagrimeaba muy suave, parecía un mar al revés, oscuro sin sol ni luna, sin luz. Un frío atontado se le enredaba en el cuerpo, le lamía el corazón, y es que José María era loco como cobarde y solo en ese instante recordó que le tenía pánico a la sangre, que sería incapaz de violentarse para expulsar un poco del preciado líquido que le haría inmortal. Se detuvo un momento, y como todo ególatra, encontró la solución en los demás. Un asesinato cada tres noches le proveería la tinta suficiente para construir un poema tan extenso como la Biblia; pero como si un atisbo de conciencia le atacara el alma, se dijo a si mismo que no, y aunque era escaso de supersticiones, si estaba convencido de que la sangre buena para su propósito, solo podría ser la suya: “bendito entre todos los seres humanos quienes jamás podrían llegar a un grado tal de comprensión como la suya”. Si, era cierto, él era quien tenía que quedar regado en aquel papel, aunque el miedo fuera su peor contratiempo. Entonces solucionó, con su macabra inteligencia, dos problemas de un solo golpe. Anestesia para el alma: Alcohol; con esto sería fuerte y a su vez le daría el toque líquido que necesitaba la sangre para deslizarse con mayor fluidez desde su rústica pluma. Era demasiado conveniente.
Después de 5 copas de Tekila puro, su cobardía aun batallaba para no dejarse desterrar; pero la mente del poeta adquiría unos matices de profundidad ideales para cantar sobre el papel, así que con esa valentía que da la estupidez, se propinó, con un no muy afilado bisturí, un corte perfecto en la muñeca inferior izquierda. La sangre se escurrió sobre una blanca vasija que había dispuesto para tal recolección; pero al ver aquel reguero de vida, se desmayó, quedando inconsciente por algunos minutos.
Abrió los ojos y le costo un poco de trabajo reconocer la situación, por un momento no supo donde estaba; pero pronto volvió a la realidad. Se levantó afanado, y aunque muy débil, dejó nuevamente fluir aquel hilo espeso sobre su improvisado tintero. Tomó la pluma con la mano derecha, mientras la izquierda la alimentaba, y escribió...
“La muerte me viene bien,
en su tenue regazo encontré la razón de mi existencia,
el clímax llegó llegó a mí
y nunca imaginé que fuera en ella mi realización total.
Estoy aquí, princesa tenebrosa y desconocida,
estoy aquí para ti.
Abrázame por favor”
Levantó sus ojos para darse cuenta de la vasija desbordada. El mareo ya no le dejaba razonar, solo alcanzó a pensar que lo había planeado todo perfectamente bien, sabía todo lo que tenía que hacer, excepto, cuanto tiempo podía estar vomitando sangre y peor aun, no había preguntado como detener la hemorragia. Sintió la más absurda tristeza por él... Estaba muerto antes de empezar.
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