POR: Tulio Zuloaga Pérez
Ana rodaba por los pasillos interiores del edificio donde se encontraban las aulas de literatura de la universidad, a su paso, se podía sentir el suelo temblar; miles de kilos de de pulpa y unos kilos más de accesorios, tronaban contra la base de sus pies. Ella, como siempre, sonreía, aunque sus compañeros, desde que la veían aparecer, se lanzaban en un incesante parloteo de burlas y risas. La cosa era tal, y Ana lo sabia, que si hubiese dado en donación una pierna o un brazo, el hambre mundial habría disminuido notablemente. Esa gigantesca coraza mortal que envolvía su diminuta estructura ósea, se balanceaba desordenadamente de lado a lado, así que tenía mucho mérito el esfuerzo de recorrer un largo camino desde su casa hasta el estudio, una cuadra y media, pues era como llevar un buque a cuesta arriba.
Ana se sentó frente al computador, en el cual debía desarrollar la nueva historia que la profesora había propuesto a los alumnos. Su mente se lanzó en un limpio clavado al cristal de la pantalla, allí dejaba de ser ella y se convertía en Pamela, la hermosa personaje de sus historias, era realmente bella; pero sobre todas las cosas, era flaca, muy flaca…
“Pamela disfrutaba del olor a mar, olor que le llevaba a lugares ocultos de su memoria, en donde se volvía a reunir con sus desaparecidos padres y su hermanito, para revolcarse en un vacío de respuestas de por qué, aquella amorfa mañana, todos habían partido, menos ella. Aun escuchaba con claridad el chillido de las llantas contra el pavimento antes de colisionar y como su cabeza explotó contra el vidrio delantero. Ella salió despedida del automóvil y por un extraño designio, fue la única sobreviviente de aquel fatídico momento. allí en el suelo yacía la niña candorosa de papá, ahora convertida en una candorosa huérfana.
Se despegó de los recuerdos y apreció lo mucho que disfrutaba del mar, de su sonido, de su entorno, de las bonitas cosas que le comunicaba, y no le importaba que preciso se hallaba de visita en la Isla de Bermeo, en medio del inquieto mar Pacífico, justo cuando atacaba la peor oleada de huracanes que se hubiera visto en años. Así que esos últimos 2 amaneceres se habían presentado apagados ante sus sentidos, oscuridad de día y más obscuridad de noche; sin embargo Pamela estaba divertida recorriendo la desolada playa tropical que envolvía aquella inhóspita isla como una camisa de fuerza, evitando que la blanca arena se desparramara en el embravecido océano”.
Su maestra levantó la voz, como tratando con la más delicada decencia de que Ana volviera de su trance artístico. Hacía 15 minutos el ejercicio había concluido; pero Ana, que se encontraba en esos momentos en las tormentosas arenas del Pacífico, ni siquiera se había percatado de los cuentos que ya habían leído algunos de sus compañeros. Se quedó triste pues no alcanzó a saber por qué su única amiga, Pamela la flaquita, se encontraba en tan extraño lugar. ¿Por qué el mar?, ¿por qué la arena? ¿Y por qué el huracán?
Para levantarse de la silla tenía que pasar el embarazoso momento de permitir que 11 compañeros caballerosos y muy fornidos ellos, le ayudaran a despegar sus gigantes nalgas de asiento, haciendo un tremendo esfuerzo en contra de la presión atmosférica. Luego le empujaban un poquito para que sus diminutos pies pudieran coger impulso y echar a andar a aquella locomotora humana. Pero la mano de uno de los jóvenes se hundió entre sus carnes rollizas y como jalado por una incontrolable fuerza magnética se metió dentro de aquella inmensa mole y desapareció. Ana daba gritos de horror, todos corrían enloquecidos alejándose de aquella masa cuneiforme que se movía descontrolada de pavor. En cualquier momento podría caer y causar un temblor de 5.5 en la escala de Rigter y nadie quería estar allí.
Adentro el muchacho caminaba confundido sobre la arena más blanca y suave que jamás hubiera visto. ¿Dónde estaba la tumultuosa ciudad?, ¿cómo había ido a parar a ese oscuro lugar? De repente una imagen apareció frente a él, más parecía una aparición. La mujer más hermosa que jamás hubiese tocado su mirada estaba frente a él. La joven y bella mujer se veía emocionada de verlo, pues en todos los recorridos que había echo a aquélla pequeña isla, no había encontrado a ser viviente alguno. “Jonás, me llamo Jonás”, le dijo el alucinado joven. Y aunque su rostro estaba manchado por sendos promontorios labrados por el acné y su físico en general no era nada... nada, Pamela lo vio hermoso, como el más joven y bello hombre que jamás se pudo soñar. Allí parados en la arena sus labios se unieron en el más poético baile, y sellaron su amor.
Ana se encontraba tras las rejas de la estación de policía, tan confundida como los demás. Se acercó a ella un recio oficial cuyo extraño nombre le hacía lucir mas duro: El capitán AVARO RAZMODI, le laceró con las preguntas más pesadas; pero Ana no tenía ni idea de qué responder, lo único, y era lo que repetía una y otra vez con su delgada voz, es que se sentía inmensamente feliz. El capitán por fin tomo una decisión desesperada, al quirófano. Trabajaron en ella 11 especialistas entre cirujanos, internistas, ginecólogos, lo único que brillaba por su ausencia, eran los anestesiólogos y al cabo de muchas horas, exactamente una hora antes de las 12 de la noche sacaron de aquel océano de grasa, carne y sangre a Jonás, que venía de la mano de la flaquísima Pamela. Al ver la luz chillaron de felicidad, el por estar de vuelta y con ella, y ella porque por fin había liberado su alma. Ana murió unos minutos después, era imposible salvarla después de semejante descuartizamiento, pero aun, en los momentos de máximo dolor solo sonrió, y con es sonrisa se despidió...
Ana rodaba por los pasillos interiores del edificio donde se encontraban las aulas de literatura de la universidad, a su paso, se podía sentir el suelo temblar; miles de kilos de de pulpa y unos kilos más de accesorios, tronaban contra la base de sus pies. Ella, como siempre, sonreía, aunque sus compañeros, desde que la veían aparecer, se lanzaban en un incesante parloteo de burlas y risas. La cosa era tal, y Ana lo sabia, que si hubiese dado en donación una pierna o un brazo, el hambre mundial habría disminuido notablemente. Esa gigantesca coraza mortal que envolvía su diminuta estructura ósea, se balanceaba desordenadamente de lado a lado, así que tenía mucho mérito el esfuerzo de recorrer un largo camino desde su casa hasta el estudio, una cuadra y media, pues era como llevar un buque a cuesta arriba.
Ana se sentó frente al computador, en el cual debía desarrollar la nueva historia que la profesora había propuesto a los alumnos. Su mente se lanzó en un limpio clavado al cristal de la pantalla, allí dejaba de ser ella y se convertía en Pamela, la hermosa personaje de sus historias, era realmente bella; pero sobre todas las cosas, era flaca, muy flaca…
“Pamela disfrutaba del olor a mar, olor que le llevaba a lugares ocultos de su memoria, en donde se volvía a reunir con sus desaparecidos padres y su hermanito, para revolcarse en un vacío de respuestas de por qué, aquella amorfa mañana, todos habían partido, menos ella. Aun escuchaba con claridad el chillido de las llantas contra el pavimento antes de colisionar y como su cabeza explotó contra el vidrio delantero. Ella salió despedida del automóvil y por un extraño designio, fue la única sobreviviente de aquel fatídico momento. allí en el suelo yacía la niña candorosa de papá, ahora convertida en una candorosa huérfana.
Se despegó de los recuerdos y apreció lo mucho que disfrutaba del mar, de su sonido, de su entorno, de las bonitas cosas que le comunicaba, y no le importaba que preciso se hallaba de visita en la Isla de Bermeo, en medio del inquieto mar Pacífico, justo cuando atacaba la peor oleada de huracanes que se hubiera visto en años. Así que esos últimos 2 amaneceres se habían presentado apagados ante sus sentidos, oscuridad de día y más obscuridad de noche; sin embargo Pamela estaba divertida recorriendo la desolada playa tropical que envolvía aquella inhóspita isla como una camisa de fuerza, evitando que la blanca arena se desparramara en el embravecido océano”.
Su maestra levantó la voz, como tratando con la más delicada decencia de que Ana volviera de su trance artístico. Hacía 15 minutos el ejercicio había concluido; pero Ana, que se encontraba en esos momentos en las tormentosas arenas del Pacífico, ni siquiera se había percatado de los cuentos que ya habían leído algunos de sus compañeros. Se quedó triste pues no alcanzó a saber por qué su única amiga, Pamela la flaquita, se encontraba en tan extraño lugar. ¿Por qué el mar?, ¿por qué la arena? ¿Y por qué el huracán?
Para levantarse de la silla tenía que pasar el embarazoso momento de permitir que 11 compañeros caballerosos y muy fornidos ellos, le ayudaran a despegar sus gigantes nalgas de asiento, haciendo un tremendo esfuerzo en contra de la presión atmosférica. Luego le empujaban un poquito para que sus diminutos pies pudieran coger impulso y echar a andar a aquella locomotora humana. Pero la mano de uno de los jóvenes se hundió entre sus carnes rollizas y como jalado por una incontrolable fuerza magnética se metió dentro de aquella inmensa mole y desapareció. Ana daba gritos de horror, todos corrían enloquecidos alejándose de aquella masa cuneiforme que se movía descontrolada de pavor. En cualquier momento podría caer y causar un temblor de 5.5 en la escala de Rigter y nadie quería estar allí.
Adentro el muchacho caminaba confundido sobre la arena más blanca y suave que jamás hubiera visto. ¿Dónde estaba la tumultuosa ciudad?, ¿cómo había ido a parar a ese oscuro lugar? De repente una imagen apareció frente a él, más parecía una aparición. La mujer más hermosa que jamás hubiese tocado su mirada estaba frente a él. La joven y bella mujer se veía emocionada de verlo, pues en todos los recorridos que había echo a aquélla pequeña isla, no había encontrado a ser viviente alguno. “Jonás, me llamo Jonás”, le dijo el alucinado joven. Y aunque su rostro estaba manchado por sendos promontorios labrados por el acné y su físico en general no era nada... nada, Pamela lo vio hermoso, como el más joven y bello hombre que jamás se pudo soñar. Allí parados en la arena sus labios se unieron en el más poético baile, y sellaron su amor.
Ana se encontraba tras las rejas de la estación de policía, tan confundida como los demás. Se acercó a ella un recio oficial cuyo extraño nombre le hacía lucir mas duro: El capitán AVARO RAZMODI, le laceró con las preguntas más pesadas; pero Ana no tenía ni idea de qué responder, lo único, y era lo que repetía una y otra vez con su delgada voz, es que se sentía inmensamente feliz. El capitán por fin tomo una decisión desesperada, al quirófano. Trabajaron en ella 11 especialistas entre cirujanos, internistas, ginecólogos, lo único que brillaba por su ausencia, eran los anestesiólogos y al cabo de muchas horas, exactamente una hora antes de las 12 de la noche sacaron de aquel océano de grasa, carne y sangre a Jonás, que venía de la mano de la flaquísima Pamela. Al ver la luz chillaron de felicidad, el por estar de vuelta y con ella, y ella porque por fin había liberado su alma. Ana murió unos minutos después, era imposible salvarla después de semejante descuartizamiento, pero aun, en los momentos de máximo dolor solo sonrió, y con es sonrisa se despidió...
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