Por: Tulio Zuloaga Pérez
Soy Ana,
y estoy muerta.
Por mi vida han pasado tantos infortunios que ahora un torrente desaforado de pensamientos me atrapa noche tras noche y no me deja respirar. A veces amanezco sudada, con dolor de garganta y aliento de ratón; a veces abro los ojos y me ruborizo al tocarme entre las piernas y sentir ese líquido pegajoso que encierra mis pasiones inconclusas. Nunca logro acordarme de los sueños. Si me fuera posible, desenredaría de seguro tanto sufrimiento que esconde mi inconsciente y me amarra a esta angustia deforme e interminable. ¿Qué es lo que tengo por dentro?, ¿acaso estoy posesa?, ¿o es que simplemente nací maldita como todos en mi familia? Año tras año tuve que soportar las locuras de mi madre, la ausencia de mi padre y por último, la pérdida de mi hermano menor, todos locos, todos insanos terminaron sus días. Y yo pensé que me iba a salvar, yo siempre fui la “cuerda” y ahora una “cuerda” me rodea el cuello. Así es, ¡soy Ana y estoy muerta!, o lo voy a estar cuando decida saltar del banco que me sostiene entre el suelo y el techo y que no permite que aún, esta voraz horca satisfaga su sed de muerte. Antes de subirme al pequeño pedestal de madera, tiré mi ropa a la chimenea, como para llevarme una idea psicológica de cómo me vería al momento de ser cremada. Luego me sostuve de pié por algunas horas frente al espejo grande del comedor, completamente desnuda.
Soy Ana,
y estoy muerta.
Por mi vida han pasado tantos infortunios que ahora un torrente desaforado de pensamientos me atrapa noche tras noche y no me deja respirar. A veces amanezco sudada, con dolor de garganta y aliento de ratón; a veces abro los ojos y me ruborizo al tocarme entre las piernas y sentir ese líquido pegajoso que encierra mis pasiones inconclusas. Nunca logro acordarme de los sueños. Si me fuera posible, desenredaría de seguro tanto sufrimiento que esconde mi inconsciente y me amarra a esta angustia deforme e interminable. ¿Qué es lo que tengo por dentro?, ¿acaso estoy posesa?, ¿o es que simplemente nací maldita como todos en mi familia? Año tras año tuve que soportar las locuras de mi madre, la ausencia de mi padre y por último, la pérdida de mi hermano menor, todos locos, todos insanos terminaron sus días. Y yo pensé que me iba a salvar, yo siempre fui la “cuerda” y ahora una “cuerda” me rodea el cuello. Así es, ¡soy Ana y estoy muerta!, o lo voy a estar cuando decida saltar del banco que me sostiene entre el suelo y el techo y que no permite que aún, esta voraz horca satisfaga su sed de muerte. Antes de subirme al pequeño pedestal de madera, tiré mi ropa a la chimenea, como para llevarme una idea psicológica de cómo me vería al momento de ser cremada. Luego me sostuve de pié por algunas horas frente al espejo grande del comedor, completamente desnuda.
Un hermoso exterior, es lo único que tengo, al menos, siempre lo creí así. ¡Que desperdicio de humanidad! Sabiendo lo que iba a hacerme mas luego, no atinaba a imaginar este cuerpo sin vida, pero tampoco, y debido a las múltiples y pésimas situaciones externas, no atinaba tampoco a verme más con vida. No era grande el dilema, en la balanza de mi alma, la muerte pesaba más. Yo debía desaparecer. Recorrí los pasillos de la casa, lento, como un fantasma, más allá que acá, quería encontrar alguna cosa que me regalara un buen recuerdo, así fuera el más ínfimo, algo que me salvara de morir con tanto vacío, porque la vida ya no me la salvaría nada. Me preocupaba más partir sin nada que llevar. Que vida tan inocua. Que desperdicio de tiempo. Dios hubiera premiado a alguien más con mi existencia. Si yo no hubiera sido yo, sino alguien más, tal vez ese alguien si hubiera sabido manejar la situación.
Nada bueno, todo me llevaba a recuerdos vergonzosos. A donde miraba descubría cosas de mis padres, de los años sucios que vivimos desde que nací.
Al fondo del pasillo que llevaba a las alcobas estaba aún el gigantesco diván, ¡como aborrezco el maldito diván!, allí tuve que pasar muchas horas encerrada con mi hermanito Manuel porque mi dulcísima madre no encontraba castigo mejor que lapidarnos allí por largas horas, sin comida y sin poder ir al baño. Muchas veces Manuel y yo nos orinamos encima. Recuerdo la tarde del 2 de Abril de hace 20 años, ¡ya no sé ni por qué nos encerró! Nos quedamos en el estomago del diván por 2 días completos, sin nada que comer, sin agua, con las heces pegadas a nuestros interiores. A ella se le olvidó, y como Manuel y yo habíamos aprendido a no hacer bulla, ni cuenta se dio. Igual, cada noche mi madre daba a luz en su imaginación. Para ese entonces ya había parido a 218 bebes imaginarios. Todas las mañanas nos llamaba feliz para anunciarnos que teníamos otro hermano y preciso 2 horas después se le olvidaba; pero a nosotros no. En esa ocasión parecía que su locura había cambiado, porque no parió durante la noche y por ende no nos llamó en la mañana y por eso nos quedamos allí tanto tiempo. De repente simplemente abrió la puerta y nos dio de golpes por puercos, no entendía el por qué estábamos cagados y sucios si en su cabeza solo habían pasado unas horas desde nuestro encierro. Parecía no haberse dado cuenta de que habían transcurrido 2 días. Ella estaba igual que cuando nos encerró; peinada igual, con la misma ropa; lucía como si su mente simplemente le hubiera alargado el tiempo y hubiera pasado esas 40 y pico de horas trabajando en la casa. Ese día descubrí que la situación se hacía peligrosa, en especial para el pequeño Manuel que apenas acababa de cumplir los 3 años. Tal vez esa fue la única vez que extrañé a mi padre; pero él estaba de viaje y no llegaba sino hasta el fin de la semana. Le dije a mi hermanito que teníamos que esforzarnos, que no podíamos dejarnos castigar de nuevo, porque con esta nueva situación de la cabeza de mamá las cosas se nos podían poner feas dentro del diván.
Quité mis ojos de él y me eché atrás, inconcientemente, tenía temor de que el diván me pudiera tragar. Me escondí tras la puerta del primer cuarto que tenía al paso. Hacía años que no entraba allí, al cuarto del pequeño Manuel, tan sobrio para un niño de su edad. Aquí pasaba encerrado todo el tiempo mirando por la ventana hacia el jardín trasero, por eso es que cuando pienso en él, lo veo como un ave atrapada mirando hacia el cielo, mi pequeño hermanito, la única gota de agua fresca en mi vida. Hasta que me lo quitaron. Ni siquiera de él puedo tener un buen recuerdo. A veces creo que no estaba loco, más bien se hacía, era su arma para protegerse del extraño mundo que nos tocó vivir. Eso pensaba yo, hasta cuando se lo llevaron amarrado como un animal pues por poco y mata a una profesora de la escuela con un bisturí en la clase de biología. La maestra dijo que abrieran al sapo y Manuel le propinó un tajo en la mano derecha. Según lo que dijo, “quería que aquella despiadada mujer sintiera por un momento lo que podría sentir el sapo”. “Si ella aguantaba sin rezongar, él abriría el animal”; pero lo que abrió fueron las puertas del hospital mental, a donde lo llevaron después de sacarlo de casa como un loco criminal. Se fue sin decir nada, amarrado de cuerpo y alma. Yo siempre creí que lo había hecho a propósito para escapar de aquel lugar. Jamás me permitieron visitarlo y durante mucho tiempo yo ocupé su lugar en la ventana, como para no defraudarlo. Me sentaba allí, al igual que él, y pasaba largas horas mirando hacia el jardín. Una tarde llegaron del hospital y yo corrí a al puerta a recibir a mi hermanito; pero a cambio, uno de los funcionarios del sanatorio traía un acta de defunción. Allí, en ese papel se hallaba Manuel. Mi madre empezó a dar gritos, la verdad no entendí muy bien, de hecho, desde que el pequeño había sido internado, nunca vi que nadie en casa lo extrañara. Algo le explicaron. Todo había sido un terrible descuido, que en una de las visitas rutinarias, al doctor se le había olvidado su maletín y que, aunque no contenía nada peligroso, fue aprovechado por el pequeño insano, quien encontró una pluma en el interior, y con ella se hizo un dique en la vena aorta. Para cuando el médico se dio cuenta, ya habían pasado 20 minutos. Al regresar al cuarto de Manuel lo encontraron hundido en su propia sangre y con la pluma enterrada en un lado del cuello. El ave de 12 años había por fin logrado volar. Jamás lo lloré, de haber tenido que hacerlo, hubiera llorado por su vida, no por su muerte. Esa noche volvieron los gritos de mamá, gemía dando a luz a su pequeño Manuel. A la mañana siguiente me llamaba ansiosa para anunciarme el nacimiento de mi nuevo hermanito. Desde entonces jamás se volvió a hablar del pobre Manuel, como si nunca hubiera estado aquí. A veces he llegado a pensar que quizas él jamás existió; que todo fue un invento de mi mente para hacerme más llevadera la vida. Lo único que lo hace real ante mí, es este cuarto, única prueba de su existencia.
Al entrar a la siguiente habitación, sin poder hallar nada bueno aun en mi memoria, mis ojos se tropezaron con el gabán de papá. Parecía más una coraza. Mi imagen de él era esa, la de el pequeño hombrecillo que manejaba al gigantesco gabán. Entraba por las noches, muy tarde, jamás nos saludaba, se encerraba en la habitación con mamá, se les oía jadear, gritar, luego unos fuertes ronquidos y nada más. A la mañana siguiente los gritos de mamá emocionada por su nuevo alumbramiento; pero él ya no estaba allí. Nunca estaba allí. Tal vez él era el único sano de todos nosotros y por eso huía. Solo llegaba, se comía a mi mamá y partía satisfecho cada amanecer. ¿Quién sabe? Realmente no lo llegué a conocer, la única vez que pude mirarlo por muchas horas, fue en un ataúd, en el que lo colocaron por 2 días en la sala de la casa para ser velado, y yo estuve junto a su cadaver toda una noche entera, como queriendo contarle que le extrañaba y que me hubiera encantado conocerlo; pero ahora era demasiado tarde. Nunca supe como murió, lo que si es cierto es que ni todo el maquillaje que le pusieron encima ocultaba su desfigurada figura, algo terrible le había sucedido. Desde ese entonces aprendí a ver la muerte como mi amiga, como la única salida segura a tanto dolor. ¡Pobre papá, descansa en paz!
Después de la muerte del hombre que le mantenía unida al mundo de los vivos, mi madre entró en una locura mayor y una depresión total. No volvió a parir, pues no había quien le hiciera el amor todas las noches y no volvió a trabajar en la casa. Afortunadamente una tía política, Raquel, esposa del hermano menor de mi papá, se mudó a vivir con nosotros para cuidar a mi madre. De no haber sido así, hubiera fallecido ella y yo me hubiera quedado sola vagando por aquel gigantesco lugar; pero la situación fue insostenible, aun para la aplomada Raquel, quien también había perdido a su marido, en situación parecida a la de mi padre, violentamente, aunque jamás nadie me quiso decir nada. A los 2 meses mi madre, que ya estaba en estado cata tónico, fue internada en el mismo hospital mental donde murió mi hermano, y donde aún se encuentra hoy en día. A veces me gustaría escabullirme e ir a asesinarla, para regalarle la paz, pero se que no tengo las agallas para tal evento.
Así que desanduve mis pasos por la vieja casa y llegué hasta esta butaca, atada por el cuello, sin un ápice de felicidad en mi cuerpo. Sola porque todos me dejaron. La tía Raquel murió, mi padre jamás estuvo aquí, mi hermano Manuel tal vez ni siquiera existió y mi madre, nunca fue mi madre.
Ahora entienden el por qué...?
Por qué Soy Ana?,
y por qué estoy muerta...?